miércoles, 22 de abril de 2015

Viaje de ida - Milú

Llegar a Late había sido muy cansador para Milú, había cruzado desiertos y mares, había andado en aviones, camellos y barcos. Finalmente, después de cuatro días, el "Caballo de Fuego" había llegado a las costas de Maror, a la isla de Late. No hacía falta caminar mucho ni abrir los ojos bien grandes para distinguir el castillo a lo alto de la colina. Era el castillo de Bellver, adonde Milú tenía que ir para encontrarse con el maestro Zuku.

Apenas pisó tierra (o arena, en este caso). Milú le escribió a Dandí una postal con la foto del castillo allá lejos sobre la colina:


Querido Dandí: Hoy puedo escribirte por primera vez. Los viajes fueron largos y algunos más duros que otros. A pesar de la tormenta eléctrica que se desató en el cielo, los vuelos en avión fueron los más tranquilos. Más emocionante fue haber atravesado el desierto de Tsé-Tsé sobre un camello de dos cabezas... Sí! Leíste bien! Tenía dos cabezas y cuatro jorobas. Traté de que Catán aprovechara tanto espacio y durmiera separado de mí, pero no lo logré. Él tenía tanto miedo que se quedó en mi mochila todo el camino.

Aprendí que los camellos pueden beber 100 litros de agua en 10 minutos! (Eso me lo dijo una de las dos cabezas). Después llegamos a un puerto desde donde nos tomamos primero un buque inmenso, de once chimeneas, y después un pequeño velero que se llamaba "Caballo de Fuego". En el buque de once chimeneas (ese se llamaba "Anur") comí las delicias más ricas que haya probado arriba del mar: caracoles de chocolate, huevos de canguro con gusto a menta y flores de sésamo. Era todo delicioso!

Pero una vez embarcados sobre "Caballo de Fuego" empecé a marearme tanto, que todo lo que había comido volvió a pasar por mi boca, pero en sentido contrario... El marinero que timoneaba al Caballo de Fuego me dio unas algas secas al sol que me hicieron mucho bien. Catán no quiso ni probarlas. Desde Caballo de Fuego pude ver las bestias más hermosas de Maror: había delfines que me saludaban con sus crías, pulpos gigantes que se enredaban y desenredaban entre ellos a veces largándose escupitajos y a veces empujándose entre risas, hasta escuché una sirena blanca (no la vimos, desgraciadamente, aunque el marinero enseguida se puso dos corchos en sus orejas para no escucharlas). Maror está lleno de vida y todo bajo su superficie parece mil veces más poblado que todos los continentes de este mundo juntos.

En fin, una vez que llegamos a la isla de Late vi lo que mis ojos estaban esperando ver hace tantos años: el castillo de Bellver. Allá a lo lejos, a lo muy lejos, pude distinguir sus torres y murallas. Acá te mando la foto que tomé con la cámara que me regalaste. Espero que te guste. Ya te contaré más de este viaje que recién empieza.

Saludos desde las costas de Maror...

Tu gran amiga, Milú